No todo lo que brilla es oro; es cierto, pero, ¿qué hay de aquel brillo que lo hace tan real? ¿Por qué suele ser tan confuso tratar, siquiera, de encontrar una respuesta a lo que nos parece tan fácil? ¿es, entonces, de esa vital importancia dicho asunto?
En lo cotidiano de lo mundano, nos encontramos o, más bien, nos enfrentamos a nosotros mismos, cuan espejo refleja un objeto. Ahora bien, más allá de la esencia de lo cotidiano, está el hecho de lidiar contra aquellos reflejos que intentan penetrar en uno mismo y que actúan como agentes patógenos en un medio angustiosamente preocupante y que por cierto, nos pertenece... ¿cómo luchar contra lo que no queremos si notamos que, con vehemencia, el fin es lo más próximo? ¿cómo hacer para evitar el propio dolor? ¿cómo querer hacer algo sin dañar a nadie, incluso a uno mismo? ¿cómo poder seguir adelante sin detenerse, aun cuando en el camino dejemos lesionados que no nos son indiferentes? ¿cómo poder querer ser feliz sin ser infeliz previamente?... quizá el hecho de ser feliz está tan sujeto a cambios, que no vale la pena luchar por conseguirlo, sino que disfrutarlo apenas sintamos algún síntoma, sin cuestionarnos cuánto durará o, en el peor de los casos, si lo merecemos o no.
A menudo, jugamos implícitamente a la supervivencia en una jungla camuflada de vida real, en donde el más fuerte sobrevive y pasa al siguiente nivel, pero aquella fortaleza no es una que responda a la fuerza bruta, meramente, sino, más bien, a aquella fortaleza espiritual para no caer a la primera de cambios o a la primera de imprevistos previamente previstos. ¿Cuántas veces nos ha pasado que haremos una determinada acción y terminamos haciendo, como ley, exactamente lo contrario? ¿por qué nos juzgamos e incluso autoflagelamos por aquello que, como sea, nos jugamos en algún momento de nuestras vidas? ¿será, a caso, que la rabia nos ciega y nos inhabilita para poder actuar con objetividad y certeza?... tal vez sean muchas preguntas concatenadas e incluso, en algún caso, la respuesta de una anterior, sin embargo, es menester señalar que todo obedece a un patrón inmerso en nosotros mismos, personificado en lo que no podemos ver sino antes hacerlo... entonces, ¿es necesario cuestionarse el devenir de aquello que no solemos entender a cabalidad?...
®
En lo cotidiano de lo mundano, nos encontramos o, más bien, nos enfrentamos a nosotros mismos, cuan espejo refleja un objeto. Ahora bien, más allá de la esencia de lo cotidiano, está el hecho de lidiar contra aquellos reflejos que intentan penetrar en uno mismo y que actúan como agentes patógenos en un medio angustiosamente preocupante y que por cierto, nos pertenece... ¿cómo luchar contra lo que no queremos si notamos que, con vehemencia, el fin es lo más próximo? ¿cómo hacer para evitar el propio dolor? ¿cómo querer hacer algo sin dañar a nadie, incluso a uno mismo? ¿cómo poder seguir adelante sin detenerse, aun cuando en el camino dejemos lesionados que no nos son indiferentes? ¿cómo poder querer ser feliz sin ser infeliz previamente?... quizá el hecho de ser feliz está tan sujeto a cambios, que no vale la pena luchar por conseguirlo, sino que disfrutarlo apenas sintamos algún síntoma, sin cuestionarnos cuánto durará o, en el peor de los casos, si lo merecemos o no.
A menudo, jugamos implícitamente a la supervivencia en una jungla camuflada de vida real, en donde el más fuerte sobrevive y pasa al siguiente nivel, pero aquella fortaleza no es una que responda a la fuerza bruta, meramente, sino, más bien, a aquella fortaleza espiritual para no caer a la primera de cambios o a la primera de imprevistos previamente previstos. ¿Cuántas veces nos ha pasado que haremos una determinada acción y terminamos haciendo, como ley, exactamente lo contrario? ¿por qué nos juzgamos e incluso autoflagelamos por aquello que, como sea, nos jugamos en algún momento de nuestras vidas? ¿será, a caso, que la rabia nos ciega y nos inhabilita para poder actuar con objetividad y certeza?... tal vez sean muchas preguntas concatenadas e incluso, en algún caso, la respuesta de una anterior, sin embargo, es menester señalar que todo obedece a un patrón inmerso en nosotros mismos, personificado en lo que no podemos ver sino antes hacerlo... entonces, ¿es necesario cuestionarse el devenir de aquello que no solemos entender a cabalidad?...
®