domingo, 27 de abril de 2008

Untitled



Mensajes, avisos, anuncios, reportes.


La vida está llena de códigos esperando ser descifrados o al menos ser vistos. Sin embargo, ¿cuántos de estos códigos nos llevan a un nivel de vida superior? o, más importante aún, ¿cómo discriminar entre una señal y otra?. Caminamos por la calle y nos detenemos -el común de los mortales- ante una llamativa luz roja que se interpone en nuestro camino con un mandato omnipotente de detención... no obstante, la información que nos entrega la llamativa señal no es necesariamente la de detenerse ipso facto, sino, más bien, la suicida advertencia de poder morir si seguimos adelante. ¿Qué pasaría si alguien no entendiera dicha advertencia a cabalidad?, evidentemente moriría arrollado y pasaría a ser parte del asfalto o, en el mejor de los casos, quedaría con secuelas irreversibles o con alguna extremidad menos. Lo cierto es, que en la vida tenemos un bombardeo de estímulos esperando ser respondidos, aguardando por la hora de hacer efecto lo que tanto anhelan: actuar. Ahora bien, ¿de qué manera debemos responder ante los anteriores sin provocar otro efecto distinto al que debieran producir?, pues, si bien la luz del semáforo es, para quien le funcione el sentido de la vista, demasiado evidente, sin embargo, lo anterior no dice relación con el hecho de que se dé en toda clase de estímulos posibles, ¿qué hay de los que no notamos, sino cuando no están, y nos damos cuenta de que es en verdad lo que necesitamos?, ¿qué hay de aquellos estímulos que se camuflan de vida real y pasan inadvertidos por la vida, haciendo cometer una y otra vez un acto? ¿son, acaso, estos últimos, un paradigma del cual nadie sabe nada?, ¿o es que simplemente no existen ciertos estímulos para ciertas acciones?.



®.

sábado, 26 de abril de 2008

Waking up



Pensándolo bien, quizás nunca fue necesario pensarlo de esa manera. Tal vez nunca fue lo que en realidad tenía que ser o, en una de esas, siempre fue lo que fue.


En ocasiones, solemos estar acostumbrados a determinados acontecimientos, ya sea por una cuestión meramente de acostumbramiento o por la simple comodidad de saber cómo y cuándo actuar frente a determinados estímulos. ¿Qué hacer cuando cambiamos el molde? ¿Cómo podemos atenernos a las consecuencias que rotulan al nuevo producto?. Quizás nunca fue necesario lo que hoy extrañamos, salvo cuando mientras lo teníamos, pero ahora, que ya sólo queda el recuerdo -bueno o malo, da igual-, sólo queda esperar correr mejor suerte que la última vez que pensamos sería algo definitivo.


Probablemente -muy probablemente... desgarradoramente probable... esquizofrénicamente probable-, el hecho de darnos cuenta en la práctica de que algo no es para siempre, sin duda, es terrible y temible a la vez; más aún cuando solíamos aferrarnos a ello al momento de no tener cabida en ningún otro lugar, salvo en el regazo protector de lo que ahora ya no nos pertenece, pero mientras nos perteneció hicimos de él, nuestra segunda piel... sin necesidad de tener otra alma, pues nos bastaba con lo que teníamos... éramos uno. Y ojo, que no hablo necesariamente de una persona, de hecho, las personas solemos ser tan vulnerables, que ante el más mínimo roce, caemos y provocamos en nuestro entorno realmente cercano, una suerte de efecto dominó, así que la teoría de hacer alusión a una persona en este escrito queda parcialmente obsoleta, pues dependerá del caso o experiencia de cada quien.


Ahora bien, retomando lo anterior, a lo que me refiero es al hecho de cuán importante puede llegar a ser un cambio en nosotros como personas; cómo nos afecta y bajo qué parámetros actuamos y, evidentemente, por qué. Biológicamente, nuestro sistema nervioso periférico está dotado de receptores que se hacen inmunes ante sucesivos y constantes estímulos, ¿sería, entonces, tautológico afirmar que los seres humanos no sabemos reaccionar cuando un determinado estimulo deja de actuar? y, si así fuere ¿cómo hacer para volver a sentir?.



®.