Cuando esperamos que algo ocurra, sin importar muy bien las consecuencias, al menos tenemos en cuento la consistencia del acontecimiento. Consistencia que, por cierto, debe procurar estar en correcta relación con nuestra situación actual y propender al anhelado balance natural entre lo real y lo esperado. Sin embargo, muchas veces nuestras ansias son mayores y peores. Es increíble esa asombrosa capacidad de echar todo por la borda por un eventual inicial suplicio parecido a los vejámenes más terribles de los más duros verdugos; no obstante, todo lo anterior sólo se traduce y explica a través de la tediosa palabra ansia; del latín "anxĭa", denota la angustia casi terminal de aquella aflicción casi sin solución. En fin, muchas veces, nuestros planes o sueños se ven truncados por las detestada ansias de saber en el tiempo lo que matemáticamente sería un t+1. Empero, lo anterior también puede ser sinónimo de acelerar ciertos procesos que consideramos lógicos y que cuya ineficiencia nos agobia aún más, razón por la cual, decidimos pensar en tiempo t+1 para resolver una dramática ecuación. Un punto aparte es cuando dicho adelanto sólo sirve para darnos cuenta que sólo debimos haber esperado y no esperar que la espera nos deje a un lado, sino más bien, hacer de la espera, nuestra más fiel compañera, nuestra amiga incondicional. Claro está que, por muy amigos que seamos, no esperaré por siempre, pues si bien, soy de aquellos que conservan amistades, nada ni nadie hará que mis expectativas se anulen o cambien por un simple capricho temporal. Tal vez sea lo más sensato sentarse y ponerse a ver cómo los radicales libres me van destruyendo o consumiendo poco a poco, viendo cómo dejo de sentir y comienzo a hacerme inmune a cualquier reacción, manteniendo un status quo de todo lo que alguna vez estuvo tan alejado del temido ceteris paribus.
®.