
Es extraño, siempre que pensamos que tenemos todo claro, todo bien, siempre estará ese algo que cambiará las cosas, haciéndolas girar en 180º. Lo mejor es tener como resultado, un equivalente tanto mejor respecto del inicial esperado. Son esos giros inesperados los que le dan sabor a la vida, los que le dan una razón de ser, los que le dan un verdadero significado, ya sea porque, en muchas oportunidades, marca un nuevo inicio de un algo experimental nunca antes vivido, o porque sencillamente, es lo que habíamos estado esperando.
Muchas veces (por no decir siempre), los cambios son la respuesta natural a iniciales decepciones, pero la manera en que los enfrentemos demarcará nuestra vida a partir de ese nuevo hito. Cuando cambiamos para bien, por ejemplo, nos sentimos bien con nosotros mismos a través del tiempo que dure el cambio ése (que luego, por una cuestión casi filosófica, deja de ser "cambio" y pasa a ser parte del status quo natural originado por un cambio). No obstante, el verdadero problema radica en el hecho de "los cambios para mal", ese putrefacto sentimiento de culpa en cada uno de nuestros actos, actos que, por cierto, nuestro entorno se encarga fervientemente de resfregárnoslos en la cara. Personalmente, los cambios vividos en el último tiempo, no puedo sino reflejarlos en la primera categoría. Digamos que no he cambiado demasiado, sólo que me he dado tiempo para mí y he dejado de pensar en el resto, sin desconocer su existencia, por supuesto. Suena frío, pero fue un cambio necesario para comenzar a hacer las cosas que quiero y comenzar, entre otras cosas, a pensar distinto y a valorar lo que tengo, sin desconocer lo que podría llegar a tener.
Existen diversos tipo de cambios: emocionales, sociales, físicos, entre otros. Los más radicales, a mí modo de ver, son los primeros, pues a partir de ellos, se produce una concatenación lógica secuencial entre el resto de los cambios. Lo importante, ante todo, es asumir que hemos cambiado para poder enfrentar con estoicismo el nuevo camino que hemos decido hacer y estar dispuestos, ante todo, por cierto, a las ventajas y desventajas que pudieren significar dichas variaciones en nuestro diario vivir.
Muchas veces (por no decir siempre), los cambios son la respuesta natural a iniciales decepciones, pero la manera en que los enfrentemos demarcará nuestra vida a partir de ese nuevo hito. Cuando cambiamos para bien, por ejemplo, nos sentimos bien con nosotros mismos a través del tiempo que dure el cambio ése (que luego, por una cuestión casi filosófica, deja de ser "cambio" y pasa a ser parte del status quo natural originado por un cambio). No obstante, el verdadero problema radica en el hecho de "los cambios para mal", ese putrefacto sentimiento de culpa en cada uno de nuestros actos, actos que, por cierto, nuestro entorno se encarga fervientemente de resfregárnoslos en la cara. Personalmente, los cambios vividos en el último tiempo, no puedo sino reflejarlos en la primera categoría. Digamos que no he cambiado demasiado, sólo que me he dado tiempo para mí y he dejado de pensar en el resto, sin desconocer su existencia, por supuesto. Suena frío, pero fue un cambio necesario para comenzar a hacer las cosas que quiero y comenzar, entre otras cosas, a pensar distinto y a valorar lo que tengo, sin desconocer lo que podría llegar a tener.
Existen diversos tipo de cambios: emocionales, sociales, físicos, entre otros. Los más radicales, a mí modo de ver, son los primeros, pues a partir de ellos, se produce una concatenación lógica secuencial entre el resto de los cambios. Lo importante, ante todo, es asumir que hemos cambiado para poder enfrentar con estoicismo el nuevo camino que hemos decido hacer y estar dispuestos, ante todo, por cierto, a las ventajas y desventajas que pudieren significar dichas variaciones en nuestro diario vivir.