Es una sensación extraña, casi como de no entender o no querer darse cuenta de lo que pasa a tu alrededor. Tal vez sea por la incómoda realidad o quizá por algo que no se logra explicar bajo algún razonamiento preestablecido.
Transversalmente, las cosas cambian; ya sea mediante mutación, mimetismo, absorción e incluso hasta por la fuerza de tener que cambiar. Es cierto, los cambios son siempre para mejor, aun cuando en el momento veamos que el mundo se ha detenido –o, en lo opuesto, se ha comenzado a mover a velocidades descomunales–. Lo tangencial y realmente significante, es que las personas cambian (cambiamos, de hecho); sin embargo, y lo más incómodo de todo esto, es cuando te enteras de que el cambio no te incluye a ti (en este caso, y por paradójico que suene, la exclusión sería parte del cambio) Lo difícil de aceptar es cuando dicho cambio te golpea en la nariz y no te enteras sino hasta cuando ya has comenzado a sangrar por una herida que pudo ser evitada; los cambios duelen, de eso no hay duda.Cambiar está permitido, siempre y cuando no olvides lo que has sido y seguirás siendo (aun luego del cambio) De un tiempo a esta parte, he pasado por algunos cambios; unos endógenos y otros exógenos, todos los cuales han sido útiles para entender la nueva configuración de mi vida y la de los que me rodean. No obstante, y a pesar de mi ímpetu por querer comprender la nueva “matrix” en la que me he visto envuelto, no dejan de haber situaciones que me dejan, por decirlo menos, perplejo.
La gente va y viene como si no se enteraran del tiempo y los lazos que se han ido creando a través del tiempo, y ojo, que cuando digo “tiempo”, no me refiero a uno, dos, ni seis meses, sino de años. Lazos que, por cierto, alguna vez se creyeron indestructibles y a prueba de todo –y de todos–; lazos que soportaron tiempo y distancia y que al regreso –o al reencuentro, llámese como se apetezca–, sólo fueron sujetos de cambios y de irreconocibles realidades que dejan atónito hasta al más incrédulo de los mortales.
Cuando viajé de vuelta a Chile, esperé encontrarme con nuevas realidades; es decir, siempre estuve expectante respecto a la nueva orientación que tomaría mi día a día y mi relación con mi entorno –ya sea con mi familia, o con mis amigos–; empero, nunca estuve preparado para comprender sustantivamente ciertos cambios que hasta hoy vulneran mi reflexión comprehensiva de la vida. Nunca pensé que todo seguiría tal cual, menos luego de un terremoto –evento que no sólo modificó la geografía de mi territorio, sino también la vida de mis coterráneos– (*para entender esto, se necesita leer entrelíneas).
Es difícil volver a mi realidad cuando ésta dejó de ser la que fue y es más difícil aún, cuando no quieres entender que nada volverá a ser lo que fue, por más que lo quieras y por más que te preguntes "¿qué ha pasado aquí?”, cuando por más que quieras ponerte en los zapatos del otro, no logres dar un paso que no sea en falso.
Debo reconocer que aún no me re-acostumbro a Chile y que aún me pregunto muchas cosas respecto de mi país y de lo que podría llegar a alcanzar si sólo pusiéramos un poco de apoyo en conjunto –y, ojo, no hablo de llorar por mineros atrapados o por familias devastadas por algún desastre natural–, hablo de ser conscientes de los cambios que nos rodean y no quedarnos estancados; de avanzar sin olvidar lo que un día fuimos, de no olvidar quiénes somos y para qué estamos aquí, de no olvidar a quienes han estado a nuestro lado por un tiempo considerable para poder estrechar la mano; hablo, en definitiva, de no olvidarnos de nosotros mismos.
Nunca tuve grandes expectativas de lo que sería mi regreso –nunca me hago expectativas, de hecho–, pero, sin duda, pensé que lo que llaman “choque cultural” (*léase entrelíneas), no sería tan duro. Las horas de diferencia no se hacen tan pesadas como la indiferencia (**léase tal cual); las horas de viaje no se hacen tan pesadas como el peso mismo de no entender lo que pasa (**ídem); la contaminación y la gente no son tan nocivos como el daño que causa el pernicioso efecto del cambio inesperado que irrumpe abruptamente en una realidad que se creía inalterable e inexpugnable, no obstante de las horas, días, semanas y meses de ausencia.