viernes, 27 de mayo de 2011

Una historia fugaz


Esta historia comenzó en un día como éste, a un joven como cualquier otro. El chico caminaba por un parque lejano a su hogar, buscando tal vez lo que quería encontrar hace un tiempo. Ése algo, era una cosa que ni siquiera aquel muchacho sabía muy bien qué era. Sólo sabía que quería caminar pisando las hojas cafés repartidas por el suelo de aquel parque con colores otoñales. Él solía gustar de dar paseos interminables, quizá pensando en cómo sería dar un buen paseo sin tanto pensar. Él sólo quería caminar y dejar que la brisa de mayo rozara su rostro y le hiciera cubrirse el cuello a ratos con su bufanda de ocasión.

Avanzando unas cuadras, el joven miraba a la gente, buscando tal vez algún rostro conocido o quizá sólo esperaba encontrar alguna facción distinta a la de él. Sin embargo, lo único que encontraba -por más que avanzara en aquel parque de otoño- eran más y más rostros difusos de personas desconocidas. Hasta que en la cuadra siguiente y mirando hacia el cielo, descubrió el haz de luz que dejó una estrella fugaz y, tan pronto como pudo, pidió un deseo; el mismo que pedía cada vez que le tocaba apagar las velas de su torta de cumpleaños o aquel que deseaba cuando arrojaba una moneda a una fuente o el mismo que cada que pedía para sí mismo, tal vez con la secreta esperanza de que un día, quizá por cansancio del destino o por mera casualidad, se le cumpliría. Lo cierto es que el chico no deseaba ni la paz mundial ni ser millonario, sólo pedía ser feliz.

Siguiendo con su andar, el muchacho reflexionó y pensó que al desear siempre la misma cosa era simplemente desperdiciar su deseo, aun cuando ni siquiera él estaba seguro de que algún día, en alguna parte de su vida, ese deseo se volvería realidad. Aun así, él no perdía la esperanza de encontrar la felicidad, por más efímera que ésta pudiera llegar a ser. De este modo, el chico se sentó en una banca a un costado del río que dividía la ciudad y que estaba al costado del parque que guiaba su paso. Pensó en las debilidades personales que podían influir en el constante incumplimiento de su tan anhelado deseo. Hizo una lista mental de todas las posibles causas que podrían llevar a la no realización de su felicidad. Pensó incluso que la felicidad era algo que no merecía. Comenzó, entonces, a sentirse frustrado de no poder gozar de ese elíxir que tanto la gente busca y que pocos se atreven a aceptar. Pensó en su familia, que por muy bien constituida, sentía que él le fallaba, tal vez por sus ególatras ansias de querer ser feliz. Pensó en su suerte, que nunca fue mala, así como tampoco nunca fue suficiente como para no pensar en ella en esos momentos.

Repentinamente, comenzó a llover. Él seguía sentado en aquella banca que tan atenta escuchaba sus pensamientos, hasta que a lo lejos escuchó un ruido ensordecedor y vio cómo el cielo se iluminó sobre su cabeza. Entonces decidió levantarse y seguir caminando, aun cuando la lluvia no daba tregua alguna. Caminando en dirección contraria a la inicial, él intentaba encontrar lo que hace un rato fue parte del paisaje, pero ya las hojas no crujían tanto cuando él las pisaba y la gente ya no tenía rostro y mucho menos la intención de ser cortés. Decidió ir a la orilla del río y mirar cómo el caudal fluía con fuerza y determinación. Observaba las luces de los autos al otro lado del río, alcanzando incluso a divisar las gotas de lluvias iluminadas por los focos de los automóviles. Cerró los ojos y dejó que el viento y el ruido de la ciudad inundaran sus sentidos, esperando así que de una vez sus pensamientos se convirtieran en un inmaculado silencio. Sin embargo, las bocinas, los truenos y el sonido de las hojas muertas en las ramas de los árboles no le permitían conciliar la afonía mental que tanto buscaba.

El viento soplaba más fuerte y el ruido de la calle y del día lluvioso de otoño no cesaban. Las gotas de lluvia rompían en la cara del joven, pero a él no le importaba; él sólo quería caminar con tranquilidad y tiempo para pensar cómo dejar de pensar. No encontraba manera alguna de hacerlo -y tal vez nunca la encontrará-. En un espasmo de lucidez, decidió cruzar la avenida a su costado e ir por la acera en donde estaban los edificios para evitar quedar del todo empapado. Fue entonces cuando se sentó en la escalera de un portal bajo un cobertizo y miró hacia la calle y se dio cuenta de que todo seguía igual; la lluvia seguía mojando su visual y la gente en el parque cada vez era menos. Sacó un cigarrillo, lo encendió y pensó "por más que intente huir de lo que está allí afuera, por más que intente cerrar los ojos y desear lo indeseable, por más que intente caminar sin esperar que el resto me afecte; siempre habrá una cosa que nunca cambiará, y ésa es que siempre seré yo mismo, sin importar si afuera exista gente indiferente, lluvia, hojas en el suelo o un mar de estrellas fugaces; siempre me tendré a mí mismo y a mi historia que, mal que mal, le da un sentido y una razón de ser a mi vida y eso, eso es lo que verdaderamente me hace feliz". Apagó el cigarrillo y comprendió que él no buscaba la felicidad. Él buscaba seguir vivo, sin importar el tiempo, las personas ni las circunstancias que lo rodearan.