
De cuando en cuando es necesario escribir, al menos para mí. Aun cuando no sé muy bien qué escribir, sé que siempre algo habrá, más aún, cuando sé que no debo contarlo. Eso es extraño, ¿por qué las personas solemos irrumpir lo prohibido, aun cuando esa prohibición haya sido creada por uno mismo? Tal vez con mayor razón quisiéramos indagar en aquello de lo desconocido; quizás, por otra parte, sólo queremos saber y denotar cuán fuerte es nuestra fuerza de voluntad y, en una de esas, el respeto por nosotros mismos y nuestras tan vilipendiadas decisiones. Las decisiones, por cierto, no son un tema menor, té o café; un hijo, dos o ninguno; blanco o negro; creer, no creer... en fin, una gama sin límites, la cual siempre estará basada en dos palabras: Sí o No. Ahora bien, el panorama se nos complica cuando pensamos que, en un mundo tan lleno de matices, es imposible encontrar sólo dos eventuales respuestas, pues, así como sabrán, también existe el tan útil y a veces malogrado No lo sé... maldita expresión; estoy seguro de que todo sería más fácil si no existiera esa razón argumentativa tan ridículamente utilizada. El No lo sé deja la puerta abierta y, cuando no, la ventana, chimenea, cañería alguna, el excusado; abiertos. Cuando lo realmente eficiente y eficaz es responder con una afirmación o una negación. No obstante lo anterior, siempre quedará el dilema de la efectividad dando vuelta cualquier tipo de elección racional o irracional, porque, de cuando en cuando, es necesario pensar.
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