A lo largo del tiempo, sin importar cuánto, todos y cada uno de nosotros tenemos un qué por el cual y, así como alguien alguna vez me dijo, PARA el cual nosotros vamos cumpliendo una serie de etapas, las cuales, una vez habiendo finalizado, nos entregan una gratificación espiritual y emocional que es impagable e inalienable.
Es por esto que todos sin excepción aparente tenemos un algo en que creer para evitar dejar de cumplir las etapas que cada quien alguna vez en su existencia, se planteó. Todas las personas somos diferentes, no hay novedad aparente ante tal tautológica aseveración. Todos creemos en lo que queremos, ya sea por conveniencia, por tradición o por una descontrolada dependencia; todas, razones absolutamente válidas y respetadas… al menos por mí. Yo, por ejemplo (y sin ánimo de ser autorreferente), decidí desde hace un tiempo atrás comenzar a creer en mí a pesar de lo que mi destino diga y/o haga para que deje a un lado mi paradigma y me una al grueso de la población; sin embargo, parte de mi “teoría” se basa, justamente, en permanecer inalterable a través del tiempo, sin importar cuánto ni cómo pase.
¿Será que los seres humanos necesitamos creer en algo más que nosotros mismos para que nos podamos sentir humanamente realizados?... “Mañana iré al dentista, si Dios quiere”, por ejemplo y sin ánimo de ponerme en ninguna postura religiosa ni semántica, delegamos nuestro proceder a dos objetos: el primero, es el “si”, una condición que como tal, no podrá llevarse a cabo por sí misma, no al menos si se quiere concretar lo que profundamente anhelamos; el segundo, es “Dios", figura que, siendo honesto, nadie ha visto en su vida, pero que la mayoría lo han hecho parte de sus vidas como un sentimiento sin mayor cuestionamiento. Lo que en definitiva quiero abordar es que la mayoría de las veces dejamos a los demás o a “lo demás” el rumbo de nuestro destino, siendo ésta la principal contradicción en la naturaleza misma del concepto, pues aun cuando el resto nos haga partícipes de ese resto, nosotros somos entes individuales que sólo debemos pensar por nosotros mismos, mas no sólo en nosotros mismos.
¿Por qué los tiempos modernos (sí, modernos), nos siguen diferenciando entre “endemoniados” e “hijos de Dios”, siendo los primeros los causantes de todas y cada una de las desgracias terrenales, mientras que los segundos son los salvadores y los pobres mártires que deberán sufrir para vivir dignamente después de la muerte? Las personas mitificamos y hacemos nuestros los mitos urbanos que se hacen latentes en cada una de las distintas realidades. La religión, por ejemplo (no es nada personal), es un tema socialmente aceptado y moralmente incapaz de albergar duda alguna; siempre será sinónimo de discordia y dar una mirada silenciadora en cualquier almuerzo familiar que contravenga la social y moral aceptación generalizada. Aún en “tiempos modernos” la gente se espanta y se eriza de piel completa cuando alguien habla de religión; siempre, no importa quién ni cómo, alguien tendrá una palabra silenciada que decir al respecto y será auto-coartado por el bien conocido ¿qué dirán?
Es por esto que todos sin excepción aparente tenemos un algo en que creer para evitar dejar de cumplir las etapas que cada quien alguna vez en su existencia, se planteó. Todas las personas somos diferentes, no hay novedad aparente ante tal tautológica aseveración. Todos creemos en lo que queremos, ya sea por conveniencia, por tradición o por una descontrolada dependencia; todas, razones absolutamente válidas y respetadas… al menos por mí. Yo, por ejemplo (y sin ánimo de ser autorreferente), decidí desde hace un tiempo atrás comenzar a creer en mí a pesar de lo que mi destino diga y/o haga para que deje a un lado mi paradigma y me una al grueso de la población; sin embargo, parte de mi “teoría” se basa, justamente, en permanecer inalterable a través del tiempo, sin importar cuánto ni cómo pase.
¿Será que los seres humanos necesitamos creer en algo más que nosotros mismos para que nos podamos sentir humanamente realizados?... “Mañana iré al dentista, si Dios quiere”, por ejemplo y sin ánimo de ponerme en ninguna postura religiosa ni semántica, delegamos nuestro proceder a dos objetos: el primero, es el “si”, una condición que como tal, no podrá llevarse a cabo por sí misma, no al menos si se quiere concretar lo que profundamente anhelamos; el segundo, es “Dios", figura que, siendo honesto, nadie ha visto en su vida, pero que la mayoría lo han hecho parte de sus vidas como un sentimiento sin mayor cuestionamiento. Lo que en definitiva quiero abordar es que la mayoría de las veces dejamos a los demás o a “lo demás” el rumbo de nuestro destino, siendo ésta la principal contradicción en la naturaleza misma del concepto, pues aun cuando el resto nos haga partícipes de ese resto, nosotros somos entes individuales que sólo debemos pensar por nosotros mismos, mas no sólo en nosotros mismos.
¿Por qué los tiempos modernos (sí, modernos), nos siguen diferenciando entre “endemoniados” e “hijos de Dios”, siendo los primeros los causantes de todas y cada una de las desgracias terrenales, mientras que los segundos son los salvadores y los pobres mártires que deberán sufrir para vivir dignamente después de la muerte? Las personas mitificamos y hacemos nuestros los mitos urbanos que se hacen latentes en cada una de las distintas realidades. La religión, por ejemplo (no es nada personal), es un tema socialmente aceptado y moralmente incapaz de albergar duda alguna; siempre será sinónimo de discordia y dar una mirada silenciadora en cualquier almuerzo familiar que contravenga la social y moral aceptación generalizada. Aún en “tiempos modernos” la gente se espanta y se eriza de piel completa cuando alguien habla de religión; siempre, no importa quién ni cómo, alguien tendrá una palabra silenciada que decir al respecto y será auto-coartado por el bien conocido ¿qué dirán?