Tantas ideas nublan mi pensar, tantos recuerdos que quedan y otros se van; lo importante es nunca dejar de mirar atrás, tal vez no tan seguido como quisiera, pero voltearé cada vez que necesite recordar. Vivir el presente para poder contar con un futuro promisorio o quizá, al menos, uno que dé tranquilidad es el objetivo circunstancial.
Sigo escribiendo en el mismo lugar, pero en un tiempo distinto. El frío sigue entrando por la ventana, la misma que abrí para dejar ir el humo aquel; humo que me dejó tan clara permanencia y pertenencia, que difícilmente lo querré olvidar. Hoy no hay ningún perro aullando, sólo está su recuerdo y la luna que se deja entrever a través de un vidrio empañado que con mis manos quise desempañar. Puedo sentir el olor a humedad, esa humedad que produce volver atrás, a tiempos mejores que hacían parecer todo normal. Mi aliento se desvanece en un elocuente y efímero vaho; vaho que se quiere quedar por una eternidad. Necesito estar donde estoy, nunca renegaré mi verdad, mi momento actual.
Hoy por fin volví a ver ciertos colores que yacían opacamente olvidados entre el negro y el gris. Por fin siento el frío; frío que cálidamente se transforma en bienestar. Mi mano está helada, mas no cansada de escribir, no cansada de expresar.
Un hombre, sigilosa y cautamente cruza el estacionamiento, mira por doquier, esperando encontrarse con su destino, algo ilógico si se toma en cuenta que es la una de la madrugada, aunque nunca es tarde para encontrarse con uno mismo e incluso para reencontrarse... De pronto, el hombre se da cuenta de la circunstancia, sube su chaleco hasta cubrir su boca y parte de su nariz, frota sus manos y camina más rápido, no puede esperar a que el frío congele su cita. Lo felicito, es un mortal.
A lo lejos escucho el tránsito, bocinas y una alarma de un local, todo lo cual, a pesar de su sonido, es silenciado por el murmullo típico de una noche de Julio.
Cubro mi cabeza con un gorro, pues el frío ya comienza a entrar por cada poro de mi rostro, sin embargo, por ningún motivo quiero dejar de escribir...
La luna ya se ve más borrosa, pues ya no está en la silueta que desempañé... Brumosa y misteriosa avanza para encontrarse con otros rincones del mundo. Miro por la ventana y allí está el hombre otra vez, ahora eso sí, ya más conforme con su encuentro con su futuro pasado, caminando más lento que la primera vez, así como también, más consciente del frío que hace; se dirige a su punto de origen... Quizá cabizbajo, tal vez conforme, no lo sé.
Una serie de sonidos nocturnos llegan a mis oídos; sonidos que se ven perturbados por la voz de mi padre, preguntando -"¿Quién tiene la luz del comedor prendida?"-.
Miro al interior de la ventana entreabierta y encuentro un montón de fotografías felices; unas de un matrimonio y otras cuantas de unos cuantos cumpleaños y festejos en la playa... Soy tan feliz; tanto que a veces no entiendo para qué no serlo... nunca he dejado de serlo, por cierto, sólo que en ocasiones no entiendo ciertas señales enmarcadas en melancolías circunstanciales.
Momentos felices... Así se traduce mi vida, aun cuando a veces y sólo a veces, la luna se vea empañada y el vaho permanezca inmutable en mi interior. No puedo decir que mi vida es injusta, pues tengo todo lo que necesito, así sin más; y no es pecar de soberbio, sino más bien, es un íntegro y casi exhaustivo análisis de mi realidad; aun cuando no haya de qué lamentarse, siempre estaré evitando sobrevivir, pues siempre intentaré vivir de la mejor manera posible; aun cuando la niebla y el ensordecedor silencio nocturno, a veces interrumpido, no me dejen ver más allá de las palabras. Seré feliz porque ésa es mi esencia y no dejaré que un perturbador aullido o un intransigente humo empañen mi ventana.
Aún en noches como ésta, en que el humo se muestra con recelo, intentaré ver más allá de donde alumbran los focos y seré capaz de ignorar el frío, mas no dejar de sentirlo.
Mis manos ya se congelan. Creo que por hoy, sólo por hoy, es suficiente de este manifiesto auto-realizador.
La luna y el hombre ya desaparecieron... al menos de mi empañado cristal.
Sigo escribiendo en el mismo lugar, pero en un tiempo distinto. El frío sigue entrando por la ventana, la misma que abrí para dejar ir el humo aquel; humo que me dejó tan clara permanencia y pertenencia, que difícilmente lo querré olvidar. Hoy no hay ningún perro aullando, sólo está su recuerdo y la luna que se deja entrever a través de un vidrio empañado que con mis manos quise desempañar. Puedo sentir el olor a humedad, esa humedad que produce volver atrás, a tiempos mejores que hacían parecer todo normal. Mi aliento se desvanece en un elocuente y efímero vaho; vaho que se quiere quedar por una eternidad. Necesito estar donde estoy, nunca renegaré mi verdad, mi momento actual.
Hoy por fin volví a ver ciertos colores que yacían opacamente olvidados entre el negro y el gris. Por fin siento el frío; frío que cálidamente se transforma en bienestar. Mi mano está helada, mas no cansada de escribir, no cansada de expresar.
Un hombre, sigilosa y cautamente cruza el estacionamiento, mira por doquier, esperando encontrarse con su destino, algo ilógico si se toma en cuenta que es la una de la madrugada, aunque nunca es tarde para encontrarse con uno mismo e incluso para reencontrarse... De pronto, el hombre se da cuenta de la circunstancia, sube su chaleco hasta cubrir su boca y parte de su nariz, frota sus manos y camina más rápido, no puede esperar a que el frío congele su cita. Lo felicito, es un mortal.
A lo lejos escucho el tránsito, bocinas y una alarma de un local, todo lo cual, a pesar de su sonido, es silenciado por el murmullo típico de una noche de Julio.
Cubro mi cabeza con un gorro, pues el frío ya comienza a entrar por cada poro de mi rostro, sin embargo, por ningún motivo quiero dejar de escribir...
La luna ya se ve más borrosa, pues ya no está en la silueta que desempañé... Brumosa y misteriosa avanza para encontrarse con otros rincones del mundo. Miro por la ventana y allí está el hombre otra vez, ahora eso sí, ya más conforme con su encuentro con su futuro pasado, caminando más lento que la primera vez, así como también, más consciente del frío que hace; se dirige a su punto de origen... Quizá cabizbajo, tal vez conforme, no lo sé.
Una serie de sonidos nocturnos llegan a mis oídos; sonidos que se ven perturbados por la voz de mi padre, preguntando -"¿Quién tiene la luz del comedor prendida?"-.
Miro al interior de la ventana entreabierta y encuentro un montón de fotografías felices; unas de un matrimonio y otras cuantas de unos cuantos cumpleaños y festejos en la playa... Soy tan feliz; tanto que a veces no entiendo para qué no serlo... nunca he dejado de serlo, por cierto, sólo que en ocasiones no entiendo ciertas señales enmarcadas en melancolías circunstanciales.
Momentos felices... Así se traduce mi vida, aun cuando a veces y sólo a veces, la luna se vea empañada y el vaho permanezca inmutable en mi interior. No puedo decir que mi vida es injusta, pues tengo todo lo que necesito, así sin más; y no es pecar de soberbio, sino más bien, es un íntegro y casi exhaustivo análisis de mi realidad; aun cuando no haya de qué lamentarse, siempre estaré evitando sobrevivir, pues siempre intentaré vivir de la mejor manera posible; aun cuando la niebla y el ensordecedor silencio nocturno, a veces interrumpido, no me dejen ver más allá de las palabras. Seré feliz porque ésa es mi esencia y no dejaré que un perturbador aullido o un intransigente humo empañen mi ventana.
Aún en noches como ésta, en que el humo se muestra con recelo, intentaré ver más allá de donde alumbran los focos y seré capaz de ignorar el frío, mas no dejar de sentirlo.
Mis manos ya se congelan. Creo que por hoy, sólo por hoy, es suficiente de este manifiesto auto-realizador.
La luna y el hombre ya desaparecieron... al menos de mi empañado cristal.
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