lunes, 13 de julio de 2009

Una típica noche de Julio


La noche silenciosa y yo aquí, siguiendo sin sentir nada... ¿Cuánto más tendré que esperar? ¿Cuánto más tendré que no sentir? ¿Cuánto más tengo que dejar pasar? ¿Cuánto más tendré que respirar? ¿Cuánto frío tendré que dejar de sentir?.

El perro aúlla y nadie más que yo lo escucha; nadie más que yo siente su dolor de no tener adónde ir; sólo yo sé cuánto ansía encontrar un albergue, un sitio seguro para dejar de sufrir.

Una lágrima, un sollozo, un pensamiento en blanco preguntándose dónde se fueron todos los colores que alguna vez me acompañaron. Un frío halo de dolor, una perdida mirada y una sensación de fría soledad.

Sin palabras me voy quedando conforme el maldito sonido del reloj me envuelve y me recuerda que aún no llega mi hora... ¿Cuánto más tendré que esperar?...

¿Por qué la espera se ha albergado en mi fatídica existencia? ¿Por qué el reloj avanza y yo sigo aquí, escuchando el aullido ya casi sin aliento del animal abandonado?. Poco a poco su sonido desaparece; aun así, sigo esperando escuchar su pesar, su dolor y desdicha.

El cielo está rojo, la niebla se confunde con los pensamientos que no se quieren ir... al menos algo de compañía hay.

Quietud, extremo silencio, todos pasan sin importar y sin preocuparse... tal vez escapan del frío o de la noche sin sonido. El sueño se va lejos, muy lejos de mí; y así como todo, espero mi fin; fin que por cierto no sabe cuándo llegar, sólo sabe que debe esperar; esperar, quizá, que el perro vuelva a aullar o, quizás, que tan sólo yo lo vuelva a oír... claro está que nunca lo dejaré de escuchar, aun cuando no esté y no haya animal alguno que extrañar, pues siempre quedará el amargo final que se hizo esperar.

Poco a poco los árboles se mecen esperando que un viento los corte de raíz; árboles que sólo apreciarán su importancia cuando ya no estén... ¿sólo nos damos cuenta de nuestra utilidad cuando no la podemos volver a tener?

Un paso atrás y todo queda en nada; nada que nada en el mar del todo olvidado; olvido que no olvido ni olvidaré.

Repentinamente, el cigarro que con tanto fervor ardía, se apaga, pierde su luz; poco a poco y con la clara intención de mantenerlo vivo, lo fumo suplicándole que no se deje apagar, no hasta que al menos yo lo decida. Su humo, ahora más fuerte, me dice que sigue aquí conmigo, pero sabe que el tiempo es sólo cuestión de paciencia; paciencia que, ya sea por el frío o por la vida misma, he dejado de tener. -Por favor no te vayas- le dije, cuando ya su filtro perforaba mis pulmones; pulmones exhaustos de funcionar.

Un frío suspiro sopla por la ventana del comedor, la que dejé abierta para que el humo se fuera lejos, muy lejos, para que yo, a la vez, me fuera con él... lamentablemente, no le pude acompañar... y solo emprendió su rumbo, hasta desvanecerse por completo, frío y olvidado.

El perro ya se durmió... o tal vez sólo lo olvidé.

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