La inestabilidad emocional es tan estable y tan asequible que puede llegar a quebrantar el normal funcionamiento de cualquier hecho que, por normal que nos parezca, nos afecta a diario y estará siempre ahí, esperando ser alterado en cualquier momento.
A través del tiempo, las personas nos volvemos más susceptibles y, por lo tanto, vulnerables al más mínimo roce, aun cuando esa misma fricción sea una reiterada acción que no se calma ni con el más mínimo esfuerzo de querer detener el tiempo. El dolor, por ejemplo, es biológicamente una respuesta de los terminales nerviosos que se encuentran esparcidos en nuestro cuerpo. No obstante y aun sabiendo la teoría, sabemos que los seres humanos somos entes sujetos al dolor, así como existen algunos que incluso llegan al punto de la “auto-incursión” en la búsqueda del temido y evitado dolor.
Por lo general, las personas evitamos sentir dolor, ante una situación dolorosa, de hecho, preferimos no sentir y dejar un momento bloqueados todos esos terminales nerviosos causantes del angustioso dolor. Claro está que no podemos confundir la angustia momentánea que alguna situación nos produce, con el dolor que dicha instancia nos provoca… Son dos cosas totalmente distintas, ya sea por la definición semántica o por su explicación sensitivo-sensorial. Cuando experimentamos situaciones dolorosas podemos llegar al extremo de angustiarnos, pero en otras muchas ocasiones (si es que no en la mayoría), conseguimos un bloqueo sicológico tan grande que ninguna definición semántica existente nos lograría aclarar esa tan ínfima diferencia. El poder está en la cabeza… Alguna vez alguien me dijo… ¿Qué hacemos con las cabezas dañadas, entonces? Para poder curar, primero hay que saber hacerlo, pues todos sabemos las dolencias que experimentamos, mas no conocemos la respuesta exacta a esa aflicción en la que tanto tiempo útil desperdiciamos… Aun cuando el masoquismo sea nuestro lema.
Aunque sea muy fácil decirlo, todo buen dolor tiene un final, aun cuando inicialmente sólo nos provoque mayor dolor, tal vez eso sea lo que necesitamos… Y lo que siempre hemos necesitado.
A través del tiempo, las personas nos volvemos más susceptibles y, por lo tanto, vulnerables al más mínimo roce, aun cuando esa misma fricción sea una reiterada acción que no se calma ni con el más mínimo esfuerzo de querer detener el tiempo. El dolor, por ejemplo, es biológicamente una respuesta de los terminales nerviosos que se encuentran esparcidos en nuestro cuerpo. No obstante y aun sabiendo la teoría, sabemos que los seres humanos somos entes sujetos al dolor, así como existen algunos que incluso llegan al punto de la “auto-incursión” en la búsqueda del temido y evitado dolor.
Por lo general, las personas evitamos sentir dolor, ante una situación dolorosa, de hecho, preferimos no sentir y dejar un momento bloqueados todos esos terminales nerviosos causantes del angustioso dolor. Claro está que no podemos confundir la angustia momentánea que alguna situación nos produce, con el dolor que dicha instancia nos provoca… Son dos cosas totalmente distintas, ya sea por la definición semántica o por su explicación sensitivo-sensorial. Cuando experimentamos situaciones dolorosas podemos llegar al extremo de angustiarnos, pero en otras muchas ocasiones (si es que no en la mayoría), conseguimos un bloqueo sicológico tan grande que ninguna definición semántica existente nos lograría aclarar esa tan ínfima diferencia. El poder está en la cabeza… Alguna vez alguien me dijo… ¿Qué hacemos con las cabezas dañadas, entonces? Para poder curar, primero hay que saber hacerlo, pues todos sabemos las dolencias que experimentamos, mas no conocemos la respuesta exacta a esa aflicción en la que tanto tiempo útil desperdiciamos… Aun cuando el masoquismo sea nuestro lema.
Aunque sea muy fácil decirlo, todo buen dolor tiene un final, aun cuando inicialmente sólo nos provoque mayor dolor, tal vez eso sea lo que necesitamos… Y lo que siempre hemos necesitado.