
No es que no pueda dormir, es que ya ni ganas me dan.
Cuando las personas nos enfrentamos a situaciones difíciles, dejamos a un lado nuestra parte racional y dejamos a merced del otro yo que llevamos dentro todo nuestro devenir. No tengo sueño, no tengo hambre, no tengo motivación alguna, no tengo idea de qué hacer; pero te tengo a ti, ¿verdad?
Creí tener todo claro, incluso con un discurso frente al espejo -así es, al más puro estilo teenager hormonal-, de manera de poder entender y asociar que lo que iba a hacer era lo correcto, lo debido, lo indicado, lo racional; pero no lo que yo quería. Y justo ahí estaba el problema. Justo ahí estaba la importante pieza del rompecabezas que jamás pude encontrar sino hasta que la escuché del otro lado del teléfono para luego sentirla dentro del pecho. Y no bastó más que ese súbito calambre muscular -y el repentino incremento de palpitaciones- para entender que esa voz es lo que quiero, aun cuando no debiera ser así. El simple paso de un animado y prolongado “hola” al contestar el teléfono a un frío y corto “aló”, fue la onomatopeya sensitiva -e incluso persuasiva- que me llevó a darme cuenta que las decisiones difíciles forman parte del crecimiento personal, así como también me hizo comprender lo importante que son las palpitaciones que están conectadas con el cerebro, sin desconocer aquellas arritmias que se quedan en el órgano que las produjo.
No sé si es amor, no sé si es orgullo, no sé si es frustración por el historial sentimental tan vilipendiado que he tenido en el último tiempo; pero es algo que quiero y comprendo, así, sin nombres ni apellidos, aun cuando a ratos me pregunte a mí mismo ¿qué estás haciendo?. Es por eso que creo que es tiempo de conversar y creo, por sobre todo, que es momento de escuchar, comprender, analizar y concluir.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario