¿Qué hacer cuando sientes que te hace falta algo y te das cuenta de que quien podría entregártelo no tiene contemplado dártelo? A raíz de esta pregunta es posible desprender unas cuantas más, como por ejemplo ¿cómo hacer para darle a entender a esa persona que lo que necesitas te hace falta ahora? O ¿es esa persona LA persona?
A medida que vamos creciendo, nos vamos encontrando con tres tipos de personas: las amables, las que olvidamos y las que no son amables y no podemos olvidar. Es justamente en esta última tipología humana, en la que se concentrará la presente nota. Dichas personas son la base fundamental de nuestros problemas, trancas e inquietudes personales. Es más, yo diría que son topes emocionales que alteran el correcto devenir de nuestras vidas. De hecho, en ocasiones nos sentimos como imanes de “personas del tercer tipo” [1] y que nada ni nadie nos hará entender que ese tipo atrofiado de humanoides no son más que elección y testarudez personal.
El principal problema radica en que nos focalizamos en encasillar a estas personas en una categoría que no nos ayuda a mejorarnos. Es más, muchas veces (por no generalizar), cubrimos las evidentes falencias que presenta esta gente y las reemplazamos con justificaciones y explicaciones que a veces ni nosotros mismos creemos. Sólo reforzamos el mal fundado sentimiento, encubriéndolo con verdades a medias, relativas o esperadas; alimentando el morbo que tiene el sentirse en plenitud con uno mismo y el entorno que nos rodea.
Últimamente he sentido carencias afectivas y no ha sido precisamente porque haya habido ausencia de personas que así me lo hayan hecho notar, sino más bien porque al compartir con esos “dadores de afectividad” he sentido, en cambio, una gran falta de coherencia en lo que, tenía entendido, era mi ideal esperado.
Es cierto que en muchas oportunidades las expectativas están sobrevaloradas, incluso más cuando los evaluadores somos nosotros mismos, quienes, se supone, vemos un poco distorsionada la realidad tal cual es y caemos en un torbellino ridículo de relaciones y sentimientos unipersonales.
Llámenlo masoquismo, infantilismo, asedio, convicción o inseguridad personal. Llámenlo como quieran. Pero los deseos compulsivos de auto-convencimiento cognitivo al momento de hacernos creer que estamos haciéndolo bien, siendo conscientes de que no es así, no es nada más que la afirmación misma del temor que tenemos de quedarnos solos y pensar que no hay una persona afín con nuestros “requerimientos básicos preestablecidos”. Todos, sin excepción alguna, tememos quedarnos solos y dejar nuestro destino en las manos del azar y del conformismo poco afable con nuestro tormentoso calvario (decidido voluntariamente, mas de manera inconsciente).
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