jueves, 8 de diciembre de 2011

Ciclos


Cuando estás feliz, nada importa más que querer compartir tu felicidad con el mundo entero. Sobre todo cuando pensaste que ese momento jamás llegaría. No sé si será para siempre, pero lo que sí quiero que dure para toda la vida, es esa sensación de satisfacción personal mezclada con una suerte de plenitud y tranquilidad espiritual.

A veces nos atormentamos preguntándonos por qué nos pasan ciertas cosas o por qué no nos han pasado algunas otras. Sin embargo, y aunque suene a frase hecha, todo llega en su debido momento. El problema está cuando luego de hacernos tantas preguntas terminamos convenciéndonos de una falsa verdad y la incorporamos como lema de vida. Nos preguntamos cosas negativas en momentos nefastos o al menos de desolación personal, lo cual no es de gran ayuda para sentirnos mejor. Todo lo contrario. Cuando nos sentimos mal, debemos encontrar la forma para preguntarnos cosas que nos lleven a conseguir una respuesta que nos ayude a enfrentar positivamente nuestro momento de negativismo puro.

Tenemos que entender que no hay momentos malos, sino momentos apropiados y no apropiados. Asimismo, los primeros llegan a nuestras vidas sólo cuando estamos adecuadamente conectados con nosotros mismos. De esta manera, si estamos receptivos a aquellos estímulos positivos, tendremos mejores rachas. Lo mismo pasa cuando no tenemos la disposición de ver la mitad del vaso lleno y esperamos infructuosamente tener algo bueno a cambio y, de la mano, viene la frustración, decepción y cualquier otro sentimiento negativo que cierra abruptamente el ciclo de recepción pragmática.

Agradezco a la vida por hacerme cada día más feliz. Agradezco comprender los mensajes que de alguna manera configuran mi actuar y mi manera de pensar, por ende, la influencia que ejerzo para con mi entorno. Agradezco saber que el momento adecuado es el de ahora y que el pasado sólo influyó en la construcción de un alegre presente y un prominente futuro, aun cuando ese tiempo pretérito pareció ser un cuento de nunca acabar.

martes, 18 de octubre de 2011

Plenitud a medias

¿Qué hacer cuando sientes que te hace falta algo y te das cuenta de que quien podría entregártelo no tiene contemplado dártelo? A raíz de esta pregunta es posible desprender unas cuantas más, como por ejemplo ¿cómo hacer para darle a entender a esa persona que lo que necesitas te hace falta ahora? O ¿es esa persona LA persona?

A medida que vamos creciendo, nos vamos encontrando con tres tipos de personas: las amables, las que olvidamos y las que no son amables y no podemos olvidar. Es justamente en esta última tipología humana, en la que se concentrará la presente nota. Dichas personas son la base fundamental de nuestros problemas, trancas e inquietudes personales. Es más, yo diría que son topes emocionales que alteran el correcto devenir de nuestras vidas. De hecho, en ocasiones nos sentimos como imanes de “personas del tercer tipo” [1] y que nada ni nadie nos hará entender que ese tipo atrofiado de humanoides no son más que elección y testarudez personal.

El principal problema radica en que nos focalizamos en encasillar a estas personas en una categoría que no nos ayuda a mejorarnos. Es más, muchas veces (por no generalizar), cubrimos las evidentes falencias que presenta esta gente y las reemplazamos con justificaciones y explicaciones que a veces ni nosotros mismos creemos. Sólo reforzamos el mal fundado sentimiento, encubriéndolo con verdades a medias, relativas o esperadas; alimentando el morbo que tiene el sentirse en plenitud con uno mismo y el entorno que nos rodea.

Últimamente he sentido carencias afectivas y no ha sido precisamente porque haya habido ausencia de personas que así me lo hayan hecho notar, sino más bien porque al compartir con esos “dadores de afectividad” he sentido, en cambio, una gran falta de coherencia en lo que, tenía entendido, era mi ideal esperado.

Es cierto que en muchas oportunidades las expectativas están sobrevaloradas, incluso más cuando los evaluadores somos nosotros mismos, quienes, se supone, vemos un poco distorsionada la realidad tal cual es y caemos en un torbellino ridículo de relaciones y sentimientos unipersonales.

Llámenlo masoquismo, infantilismo, asedio, convicción o inseguridad personal. Llámenlo como quieran. Pero los deseos compulsivos de auto-convencimiento cognitivo al momento de hacernos creer que estamos haciéndolo bien, siendo conscientes de que no es así, no es nada más que la afirmación misma del temor que tenemos de quedarnos solos y pensar que no hay una persona afín con nuestros “requerimientos básicos preestablecidos”. Todos, sin excepción alguna, tememos quedarnos solos y dejar nuestro destino en las manos del azar y del conformismo poco afable con nuestro tormentoso calvario (decidido voluntariamente, mas de manera inconsciente).



[1] Personas que no son amables y que no podemos olvidar.

martes, 21 de junio de 2011

La voz


No es que no pueda dormir, es que ya ni ganas me dan.

Cuando las personas nos enfrentamos a situaciones difíciles, dejamos a un lado nuestra parte racional y dejamos a merced del otro yo que llevamos dentro todo nuestro devenir. No tengo sueño, no tengo hambre, no tengo motivación alguna, no tengo idea de qué hacer; pero te tengo a ti, ¿verdad?

Creí tener todo claro, incluso con un discurso frente al espejo -así es, al más puro estilo teenager hormonal-, de manera de poder entender y asociar que lo que iba a hacer era lo correcto, lo debido, lo indicado, lo racional; pero no lo que yo quería. Y justo ahí estaba el problema. Justo ahí estaba la importante pieza del rompecabezas que jamás pude encontrar sino hasta que la escuché del otro lado del teléfono para luego sentirla dentro del pecho. Y no bastó más que ese súbito calambre muscular -y el repentino incremento de palpitaciones- para entender que esa voz es lo que quiero, aun cuando no debiera ser así. El simple paso de un animado y prolongado “hola” al contestar el teléfono a un frío y corto “aló”, fue la onomatopeya sensitiva -e incluso persuasiva- que me llevó a darme cuenta que las decisiones difíciles forman parte del crecimiento personal, así como también me hizo comprender lo importante que son las palpitaciones que están conectadas con el cerebro, sin desconocer aquellas arritmias que se quedan en el órgano que las produjo.

No sé si es amor, no sé si es orgullo, no sé si es frustración por el historial sentimental tan vilipendiado que he tenido en el último tiempo; pero es algo que quiero y comprendo, así, sin nombres ni apellidos, aun cuando a ratos me pregunte a mí mismo ¿qué estás haciendo?. Es por eso que creo que es tiempo de conversar y creo, por sobre todo, que es momento de escuchar, comprender, analizar y concluir.

viernes, 27 de mayo de 2011

Una historia fugaz


Esta historia comenzó en un día como éste, a un joven como cualquier otro. El chico caminaba por un parque lejano a su hogar, buscando tal vez lo que quería encontrar hace un tiempo. Ése algo, era una cosa que ni siquiera aquel muchacho sabía muy bien qué era. Sólo sabía que quería caminar pisando las hojas cafés repartidas por el suelo de aquel parque con colores otoñales. Él solía gustar de dar paseos interminables, quizá pensando en cómo sería dar un buen paseo sin tanto pensar. Él sólo quería caminar y dejar que la brisa de mayo rozara su rostro y le hiciera cubrirse el cuello a ratos con su bufanda de ocasión.

Avanzando unas cuadras, el joven miraba a la gente, buscando tal vez algún rostro conocido o quizá sólo esperaba encontrar alguna facción distinta a la de él. Sin embargo, lo único que encontraba -por más que avanzara en aquel parque de otoño- eran más y más rostros difusos de personas desconocidas. Hasta que en la cuadra siguiente y mirando hacia el cielo, descubrió el haz de luz que dejó una estrella fugaz y, tan pronto como pudo, pidió un deseo; el mismo que pedía cada vez que le tocaba apagar las velas de su torta de cumpleaños o aquel que deseaba cuando arrojaba una moneda a una fuente o el mismo que cada que pedía para sí mismo, tal vez con la secreta esperanza de que un día, quizá por cansancio del destino o por mera casualidad, se le cumpliría. Lo cierto es que el chico no deseaba ni la paz mundial ni ser millonario, sólo pedía ser feliz.

Siguiendo con su andar, el muchacho reflexionó y pensó que al desear siempre la misma cosa era simplemente desperdiciar su deseo, aun cuando ni siquiera él estaba seguro de que algún día, en alguna parte de su vida, ese deseo se volvería realidad. Aun así, él no perdía la esperanza de encontrar la felicidad, por más efímera que ésta pudiera llegar a ser. De este modo, el chico se sentó en una banca a un costado del río que dividía la ciudad y que estaba al costado del parque que guiaba su paso. Pensó en las debilidades personales que podían influir en el constante incumplimiento de su tan anhelado deseo. Hizo una lista mental de todas las posibles causas que podrían llevar a la no realización de su felicidad. Pensó incluso que la felicidad era algo que no merecía. Comenzó, entonces, a sentirse frustrado de no poder gozar de ese elíxir que tanto la gente busca y que pocos se atreven a aceptar. Pensó en su familia, que por muy bien constituida, sentía que él le fallaba, tal vez por sus ególatras ansias de querer ser feliz. Pensó en su suerte, que nunca fue mala, así como tampoco nunca fue suficiente como para no pensar en ella en esos momentos.

Repentinamente, comenzó a llover. Él seguía sentado en aquella banca que tan atenta escuchaba sus pensamientos, hasta que a lo lejos escuchó un ruido ensordecedor y vio cómo el cielo se iluminó sobre su cabeza. Entonces decidió levantarse y seguir caminando, aun cuando la lluvia no daba tregua alguna. Caminando en dirección contraria a la inicial, él intentaba encontrar lo que hace un rato fue parte del paisaje, pero ya las hojas no crujían tanto cuando él las pisaba y la gente ya no tenía rostro y mucho menos la intención de ser cortés. Decidió ir a la orilla del río y mirar cómo el caudal fluía con fuerza y determinación. Observaba las luces de los autos al otro lado del río, alcanzando incluso a divisar las gotas de lluvias iluminadas por los focos de los automóviles. Cerró los ojos y dejó que el viento y el ruido de la ciudad inundaran sus sentidos, esperando así que de una vez sus pensamientos se convirtieran en un inmaculado silencio. Sin embargo, las bocinas, los truenos y el sonido de las hojas muertas en las ramas de los árboles no le permitían conciliar la afonía mental que tanto buscaba.

El viento soplaba más fuerte y el ruido de la calle y del día lluvioso de otoño no cesaban. Las gotas de lluvia rompían en la cara del joven, pero a él no le importaba; él sólo quería caminar con tranquilidad y tiempo para pensar cómo dejar de pensar. No encontraba manera alguna de hacerlo -y tal vez nunca la encontrará-. En un espasmo de lucidez, decidió cruzar la avenida a su costado e ir por la acera en donde estaban los edificios para evitar quedar del todo empapado. Fue entonces cuando se sentó en la escalera de un portal bajo un cobertizo y miró hacia la calle y se dio cuenta de que todo seguía igual; la lluvia seguía mojando su visual y la gente en el parque cada vez era menos. Sacó un cigarrillo, lo encendió y pensó "por más que intente huir de lo que está allí afuera, por más que intente cerrar los ojos y desear lo indeseable, por más que intente caminar sin esperar que el resto me afecte; siempre habrá una cosa que nunca cambiará, y ésa es que siempre seré yo mismo, sin importar si afuera exista gente indiferente, lluvia, hojas en el suelo o un mar de estrellas fugaces; siempre me tendré a mí mismo y a mi historia que, mal que mal, le da un sentido y una razón de ser a mi vida y eso, eso es lo que verdaderamente me hace feliz". Apagó el cigarrillo y comprendió que él no buscaba la felicidad. Él buscaba seguir vivo, sin importar el tiempo, las personas ni las circunstancias que lo rodearan.