
Me levanté como cualquier otro día, tal vez con un poco de molestia matutina, pues un sábado no suelo levantarme antes de las once de la mañana, y mucho menos si ese día forma parte de mis vacaciones… casi impensado. Cuando salí de mi casa, visualicé muy pocas personas en la calle, tan pocas, que parecía día de semana no de vacaciones. El frío típico de esta fecha se dejaba entrever con un casi difuso vaho que desaparecía conforme yo me agitaba al caminar; necesitaba llegar pronto.
Cuando al fin divisé a las primeras personas, pasé por el lado de aquellas dos mujeres y allí estaban, discutiendo, al parecer, por un asunto legal en el cual estaba inmerso un tercero -"Tienes que hablar con tu abogado”-, le decía la una a la otra, mientras esta última le contestó -"Mmm… es que no estoy del todo segura”-. Luego de ello, las mujeres y su judicial conversación, se desvanecieron. Seguí adelante, el tiempo apremiaba.
Más adelante, a unos escasos 100 metros, dos señoras y un niño caminaban en mi contra, tal vez con menos consciencia que el tiempo transcurría, pero, al igual que la pareja anterior, venían discutiendo: -"… no, si más encima, la otra le debía veinte lucas a la mamá y quedó la cagá'…’”-. Ambas mujeres estaban enfurecidas y el niño, con un ánimo de no hacer sentir mal a la señora de la que iba tomado de la mano, ni se inmutaba por los tirones repentinos que le daba, tal vez culpándolo implícitamente por la delación en su andar… quizá.
Cuando crucé la plaza en la que estaban las tres personas anteriores, crucé una calle, de la cual su nombre siempre es sinónimo de acudir a alguien más para poder orientarme. A cuadra y media del “inicio” de la nueva calle, una señora muy acongojada por su, tal vez, esposo (o algo por el estilo), le dijo eufóricamente: -"Ah, no po’ weón, tení’ que rallarle la cancha, porque o si no se te va a subir por el chorro y hasta ahí no más vai’ a llegar…”-, y el tipo, casi con vergüenza ajena, le dijo mirándola a los ojos y balbuceando un perfecto chileno: -"Eh… tení razón voh’, igual”-. Decidí caminar más rápido.
El olor a humedad del lodo y el camino adornado con casas que se asemejaban a fortalezas cubiertas por rejas interminables, hacían que mis ansias por llegar fueran casi de primera necesidad. Casi no había sonido por esa calle, uno que otro grito de una señora hacia un niño, advirtiéndole que dejara de correr por un pasaje aledaño, además de la infaltable música que abundaba en algunas casas, con sonidos estridentes de parlantes que sólo querían un respiro. Tal vez lo hacen para olvidarse de la realidad que está al otro lado de la reja; sin embargo, quien vea esa coraza de fierro, difícilmente quedará indiferente de la protegida y resguardada realidad.
No sabía qué pasaba, pero esa mañana nadie quería nada bueno para nadie de esa calle. Creo que yo zafé de eso sólo por mi tránsito inusualmente rápido y pasajeramente eventual. Todos pelearon o al menos estaban desagradados con lo que pasó el día anterior, el anterior a ése, la semana o quizá lo que paso el lunes o tal vez, hasta el mes pasado. Todos tenían algo de qué quejarse… ¿por qué?. Entiendo que los problemas son realmente incómodos y son capaces de desequilibrar cualquier normal funcionamiento, sea cual sea el caso. No obstante lo anterior y a pesar de ser muy difícil de llevarlo a la práctica, todos, sin excepción aparente, necesitamos la existencia de los mismos; que aburrido sería vivir una vida tan monótona que hasta los problemas se aburrirían de existir. Los problemas, para mí, no son más que facturas de errores pasados, los cuales podemos y debemos solucionarlos con la mente fría y, de preferencia, en la intimidad de nuestro hogar.
Experiencia no tengo mucha, pero siempre tendré la certeza y absoluta confianza en que en cada uno está la clave para surgir de los problemas que a diario nos aquejan, ya sean deudas, problemas familiares, líos personales o, lo que es aún peor, una mezcla de todo lo anterior. Siempre habrá más de una salida para un problema y sólo dependerá de dicha elección, el devenir de nuestra existencia, aun cuando existan “problemas” fuera de nuestro alcance, pero que, aun así, nos atingen… me refiero a las decisiones de los demás. En esos retorcidos casos, sólo podemos apelar al vilipendiado concepto de justicia… o a la nunca bien ponderada suerte.